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@Pedro_Torrijos: El Museo Judío de Berlín es un...

@Pedro_Torrijos
56 views Feb 01, 2025
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El Museo Judío de Berlín es uno de los lugares más emocionantes que existen.
Quizá porque no es realmente un edificio, es una cicatriz de hormigón y tiniebla construida por un hijo del Holocausto.

Os lo cuento en #LaBrasaTorrijos.
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La primera vez que Daniel Libeskind pisó Nueva York llegó en avión.

Tenía 13 años y era un niño prodigio de la música. Un virtuoso del acordeón que venía a la Gran Manzana junto a otro niño prodigio: el violinista Itzhak Perlman.

Juntos llenarían el Carnegie Hall.
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La segunda vez que llegó a Manhattan fue en 1960, el año siguiente.
Hizo el viaje en barco junto a toda su familia y todas sus pertenencias.

El joven Daniel sabía que llegaba a Estados Unidos para quedarse.
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Aunque atendía a las clases de su instituto en el Bronx, el joven Daniel solía ayudar en la imprenta donde trabajaba su padre en el Bajo Manhattan.

Desde allí, a menudo se asomaba a la ventana y miraba hacia el sur y veía como se levantaban dos enormes edificios blancos.
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Al joven Daniel le gustaba la arquitectura. Le gustaba cómo las formas y los espacios se cruzaban y se intersecaban, y cómo debajo había una estructura que lo sostenía todo. Le recordaba a la música.

Obtuvo el título de arquitecto en 1970.
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Daniel Libeskind se había casado con Nina Lewis un año antes de acabar la carrera. La conoció en el Camp Hemshekh de Nueva York.

El Hemshekh era un campo de verano patrocinado por el Bundismo socialista: la Unión General de Trabajadores Judíos de Lituania, Rusia y Polonia.
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El Hemshekh fue fundado en 1959 por supervivientes del Holocausto.

Porque Daniel Libeskind nació en 1946, un año después del fin de la Guerra. Y nació en Łódź, Polonia.

A unos doscientos kilómetros al este de Treblinka y a otros doscientos al norte de Auschwitz.
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Daniel Libeskind es judío.

Y sus padres, Dora y Nachman, y su hermana Anette, fueron supervivientes del Holocausto.
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En 1989, Daniel Libeskind, judío polaco, ganó el concurso para la construcción del nuevo Museo Judío de Berlín.
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La mayoría de los proyectos que se presentaron al concurso proponían espacios amplios, neutros y bien iluminados. Quizá como referencia a la Neue Nationalgalerie que Mies van der Rohe había construido en 1968 en el mismo Berlín y que es uno de los edificios más bellos del mundo.
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Quizá se propusieron esos proyectos para visibilizar un estado de tranquilidad, comprensión y paz; un bálsamo arquitectónico que ayudase a sanar la herida más profunda del país.
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Daniel Libeskind, judío polaco, no quería la paz ni la tranquilidad. Sabía que la herida no se curaría por la construcción de un edificio.

Confiaba en que la herida se curaría pero, para conseguirlo, no había que ocultarla ni taparla.
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Como la herida no podía disimularse, el proyecto de Libeskind no atendía a grandes espacios neutros, sino que era una abultada y desgajada pastilla de hormigón y zinc, que recorría el lugar en un zig-zag retorcido y aparentemente caótico.
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Así, el edificio de Libeskind tiene cien quiebros en cien ángulos y cien estrechísimas ventanas que acuchillan la fachada en cien itinerarios como cien tajos de espada y cien balazos y cien laceraciones.

Es la visibilización de una herida.
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Es la piel que se acumula donde antes brotaba la sangre. Son los tejidos nuevos que aparecen donde antes había un desgarro y un vacío.

Es una cicatriz en la memoria de la Humanidad.
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El Museo Judío no tiene puerta de acceso ni salidas visibles al exterior. Se llega a través de un paso subterráneo.

Dentro hay 60 quiebros en 60 secciones, que el propio Libeskind dice tomar de los sesenta giros que aparecen en la “Calle de dirección única” de Walter Benjamin.
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Como también afirma inspirarse en el Gedenkbuch, el libro que recoge los nombres de todos los judíos que fueron víctimas del Holocausto.

Y como músico, también considera que el edificio es el acto final de la ópera “Moisés y Aarón”, que Arnold Schönberg dejó inacabada.
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Entre todas esas referencias invisibles pero existentes y entre todos esos quiebros transitables pero sin salida aparente, el edificio es atravesado por una serie de vacíos inaccesibles que revelan una estructura portante que no parece tener relación con la forma.
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Unas vigas inquietas e incomprensibles que agujerean el aire como lanzas de hormigón.
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Tan solo hay dos vacíos que pueden recorrerse. Uno es el Vacío de la Memoria, donde el escultor Menashe Kadishman inunda el suelo con diez mil caras de acero.
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Y te ves obligado a pisarlas para atravesar el espacio.

Y cuando las pisas, suenan.
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No es un símbolo o una alegoría; son diez mil caras que gritan como gritaron las víctimas de la Shoah o como grita cada víctima de la injusticia, la violencia y la guerra.
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Porque es muy difícil creer que la guerra que Libeskind no vivió por apenas un año, pero que experimentó a través de la historia, y aún más cerca, de su propia familia, no modelase el otro gran vacío accesible del Museo Judío de Berlín: la Torre del Holocausto.
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Como al resto del edificio, a la Torre del Holocausto no se llega por ninguna puerta y no tiene ninguna salida al exterior. Apareces dentro desde un pasillo en el sótano.

Y dentro no hay nada.
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O lo hay todo.
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Dentro, entre sus paredes angulosas hay 400 metros cúbicos de aire inalcanzable. 400 metros cúbicos de tiempo detenido, eterno.

Y cuando te apoyas en uno de sus muros y miras hacia arriba solo ves 400 metros cúbicos de oscuridad.

Y una única línea de luz.
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Porque en el Museo Judío de Berlín, Daniel Libeskind, judío polaco, ha renunciado a la tranquilidad, a la comprensión y a la paz. Pero no ha renunciado a la luz.

La luz, como en el principio del Génesis, es omnisciente. Está en todos lados y sin ella no hay nada.
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Y como dice su propia definición ontológica, la oscuridad no existe sin la luz.
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Así, en una esquina superior de la Torre del Holocausto hay una finísima línea de luz. Una única ventana vertical a veinte metros de altura.

Un fogonazo imposible que, breve como un relámpago, ilumina los bordes de una cicatriz construida con hormigón y tiniebla.
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Y muchas gracias por leerme, de verdad ❤️


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#LaBrasaTorrijos se escribe en directo todos los jueves (aunque hoy es viernes porque estuve de vacaciones hasta ayer) desde el soleado barrio de Villaverde.

Fin del HILO 🌩️☀️
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