CAMPOS DE LA MUERTE Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, el...

Marco Antonio@FascismoSocial
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Sep 02, 2024
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Dwight Eisenhower, no estaba dispuesto a respetar sus prescripciones. Según la Convención de Ginebra, los prisioneros de guerra deben ser alimentados y cobijados en la misma forma que las tropas que los capturan, pueden enviar y recibir cartas y, sobre todo, tienen derecho a ser
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visitados por los delegados de la Cruz Roja Internacional. Sin embargo, el 4 de mayo de 1945, por recomendación del general Eisenhower, los militares alemanes fueron considerados como Fuerzas Enemigas Desarmadas (DEF) y no recibieron el “status” de prisioneros de Guerra. De esta
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manera, los presos germanos quedaban privados de sus derechos internacionales, siendo su seguridad transferida a la arbitrariedad de los vencedores y, como consecuencia de ello, los prisioneros no fueron registrados y, a pesar del frío y la lluvia, se les prohibió construir
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simples agujeros en la tierra, los alimentos y el agua eran escasos, a pesar de que los almacenes norteamericanos estaban repletos y el río Rin se encontraba solamente a 200 metros de distancia, viéndose forzados a beber, durante varios días, su propia orina. Los prisioneros no
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tenían ningún tipo de relación con el mundo exterior y no se les permitía ningún tipo de intercambio postal. A la población le estaba prohibido, bajo pena de muerte, el acercarse a los presos y la Cruz Roja Internacional no obtuvo ningún tipo de permiso por parte de la autoridad
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norteamericana para visitar los campos de concentración. El general Everett Hughes, que había visitado los enormes depósitos de suministros de Nápoles y Marsella, informó a sus superiores que había suficiente material como para construir las instalaciones básicas de los campos de
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prisioneros. Los alimentos también eran abundantes, ya que en los Estados Unidos los excedentes de trigo y maíz fueron inmensos, al igual que la cosecha de patatas. Además, la Cruz Roja Internacional tenía más de 100.000 toneladas de alimentos almacenados en Suiza y cuando se
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intentó enviar dos trenes cargados con ellos al sector estadounidense de Alemania, los oficiales norteamericanos los devolvieron. Por ejemplo, en el campo de prisioneros de Gotha, que tan solo disponía de cercas de alambre de púas, acabó convirtiendo en un barrizal, donde los
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y 400.000 prisioneros sin refugio, comida, agua o medicamentos. En septiembre de 1989, la revista canadiense “Saturday Night” publicó un artículo sobre los campos de la muerte de Eisenhower, en base a la investigación realizada por el historiador James Bacque, que recogía
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estremecedores testimonios de los prisioneros alemanes que sobrevivieron a estos campos, asegurando que la cifra de fallecidos en los mismos se aproximaba al millón de víctimas. La historia oficial, pese a las fotografías, testimonios y evidencias documentales, insiste en negar
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la existencia de un genocidio, distorsionando la naturaleza del mismo y cuestionando o minimizando las cifras de la masacre. Ningún organismo público ha considerado jamás la necesidad de buscar fosas comunes en el entorno del “Rheinwiesen”, dado que, según la postura oficial, no
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miembro de las fuerzas armadas y experto en fosas comunes Otto Schmitt se propuso clarificar la cuestión de los desaparecidos, comenzando los primeros trabajos de prospección en el campo de Bretzenheim, despertando el interés de los habitantes de la zona y de la prensa local,
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pero poco después del comienzo de las pesquisas, llegó la visita inesperada de una delegación de la administración local de Bad Kreuznach, que le transmitió por escrito que aquella zona quedaba dentro de los terrenos protegidos por la ley de patrimonio nacional y que, por lo




